Amanece soleado en Gambia

Hoy hace poco más de un mes que ya no estoy en Gambia. Que no me levanto a las siete de la mañana sin necesidad de alarma (algo inaudito en mí) porque allí no hay cortinas y los primeros rayos de sol de la mañana irrumpen sin permiso en tu habitación avisándote de que empieza un nuevo día lleno de sorpresas. También hace un mes que al salir de mi cuarto no me topo de frente con la sabana, llena de un sinfín de especies de pájaros posándose en los, cada vez menos, baobabs que quedan. Asearme, desayunar mi tapalapa con mantequilla (la venden derretida ya porque no hay neveras ni luz 24 h) y saludar de camino al centro a todo el personal. El saludo es un rito importante en la vida de los gambianos, o al menos a esa conclusión llegué yo al descubrir que no se decían simplemente “hola”. Allí pierden unos pocos minutos de su mañana para saber qué tal dormiste, qué tal va tu día hasta ese momento, qué tal la vida en general y si conocen a tu familia, qué tal están ellos. ¡Es muy divertido! Porque además desde el momento en el que muestras interés por participar en su saludo Mandinka, ya no hay vuelta atrás. A base de cientos de intentos acabas aprendiendo a responderles e incluso a atreverte a iniciarlo tú. Y no es fácil, siempre llega alguien con una nueva versión a la que no eres capaz de responder. Sería algo así:

- I saama.

- I saama.

- Soomanda be ñaadii le?

- Soomandaa be jan.

- Kori tana nte.

- Tana nte.

- Suumoolu lee?

- Ì be jan.

Cada mañana después de este rito, preparábamos las fórmulas para el desayuno de los pequeñines que estaban ingresados en el centro, y enseñábamos y ayudábamos a las madres (que se quedaban con ellos en el centro) a alimentar a sus hijos correctamente. El resto de la mañana transcurría de manera diferente según el día, aunque todos los días a las 12 tomábamos las constantes vitales de todos los niños del centro para comprobar que no había ninguno con complicaciones, y si los hubiera, explorarlos y llegar a un diagnóstico para pautarles tratamiento. Afortunadamente, durante mis seis semanas allí hubo algunos niños con complicaciones (tratables), pero sólo tuvimos que lamentar la muerte de un pequeñito. Fueron días muy duros, en los que a pesar de que no me salían las lágrimas (aún siendo una sensiblona), algo indescriptible se removió en mí ante la injusticia de ver morir a un niño porque a su madre un marabú le había dicho que su leche materna estaba envenenada. Es una situación en la que la rabia se apodera de ti, pero se requiere un ejercicio de comprensión de su cultura para no intervenir de manera inadecuada, algo muy complicado…

Como iba diciendo, las mañanas podían ser muy estresantes (nuevos ingresos, pacientes ambulatorios, pacientes ingresados con complicaciones…) o bastante tranquilas, en las que disfrutaba hablando con los enfermeros de las diferencias y sin embargo, similitudes en nuestras vidas; o disfrutaba jugando con los pequeños (les encanta dar palmadas y bailar).

El almuerzo era una hora de mucho calor y difícil porque durante seis semanas almorcé todos los días arroz blanco con alguna salsa que le echaban por encima, arroz domoda, arroz benachin…Pero siempre arroz. En realidad no fue tan difícil porque soy de la creencia de que el ser humano tiene una capacidad de adaptación increíble, pero a las semanas sí empezaba a notar el cansancio y la falta de vitaminas, tanto que mi sistema inmune decidió bajar la guardia y me puse mala (aunque eso no evitó que siguiese con mi trabajo y mis ganas de disfrutar de la experiencia hasta el último segundo, ¡incluso sin voz!). Indudablemente, en ese momento en el que ves que apenas comes fruta o proteínas, y que ese arroz que yo sólo comí 6 semanas era su alimento durante toda su vida; entiendes la fortaleza innata de esa gente que hace frente a las batallas del día a día sin la energía suficiente. Me imagino que cualquiera en mi misma situación sentiría vergüenza al recordarse a sí mismo eligiendo entre 20 tipos diferentes de yogures en un macro supermercado, cuando allí ni siquiera saben lo que es un yogur. Yo la sentí.

Después de comer, las madres con sus pequeños se tumbaban en el bantabá a descansar, porque era imposible estar dentro del edificio. Nunca llegaré a entender el misterio de cómo esos niños dormían tan plácidamente en las esterillas sin que ninguna hormiga les mordiese, y cada vez que yo me sentaba en el suelo (que era casi el 100% de las veces) ¡una hormiga decidía morderme! Y puedo prometer que duele mucho.

Dejando de lado las hormigas, ya entrada la tarde tocaba estimular a los pequeños, algo esencial en los niños malnutridos, porque la falta de nutrientes y la deshidratación hacen que tengan un pobre desarrollo psicomotor, por lo que jugar con ellos, pintar, cantar, bailar… es fundamental para conseguir un tratamiento integral. A veces los bañábamos en una piscinita de plástico, otras veces pintábamos, otras veces jugábamos con botellas rellenas de bolitas de plastilina… y así se pasaba la tarde, acabando con una sesión educacional a las madres sobre temas importantes de la maternidad, la lactancia materna y el cuidado de sus hijos. Era un momento muy bonito, todas las madres sentadas en el bantabá con sus hijos, expresando y compartiendo sus dudas y conocimientos. ¡Ah! Y por la tarde tomábamos de nuevo constantes vitales y pesábamos a todos los peques para ver su evolución y comprobar si estaban cerca del alta.

Casi sin darme cuenta, había pasado un día más en Soma. Tocaba la ducha antes de que se pusiera el sol (con agua ardiendo aunque no hubiese termo) y la hora de la cena. Me encantaba la noche en el centro, esa brisita fresca aliviándote del calor, ese sentimiento de que habías hecho frente a otro día y lo agradable que era sentarme con las madres a intentar comunicarme con ellas con mi mandinka primitivo mientras me trenzaban el pelo (¡¡DOLOR!!). Muchas noches proyectábamos películas para las madres, ¡unas telenovelas nigerianas dignas de ver! Parecidas a las sudamericanas pero mucho más recatadas. Por las noches se respiraba la tranquilidad del trabajo bien hecho y del deseo de que ningún niño se pusiese malito en el turno de noche. Aunque varias noches las pasamos en vela intentando que algún peque no se descompensara. Pero no sé cómo, al día siguiente a las siete de la mañana volvía a la carga, sacando una energía que hacía tiempo que no tenía.

Así fueron mis seis semanas en Gambia. También hice un poquito de turismo, vi hipopótamos, disfruté de la playa, de los jardines comunitarios, de alguna noche de música en directo, de una boda mandinka y un largo etcétera. Pero sin duda donde más disfrutaba era en el centro: conocí gente que se ha convertido en amiga con los que hablo todas las semanas; descubrí al llegar a casa que vivimos con demasiadas necesidades impuestas por un sistema consumista; aprendí de las mujeres gambianas lo duro que es ser mujer y trabajadora en una sociedad machista; disfruté de la incertidumbre de lo desconocido y de cómo lo desconocido se convirtió en familiar en muy poco tiempo; observé cómo en la cultura gambiana todos son una gran comunidad que intenta no excluir a nadie, ni siquiera a la “tubabo docta” (la doctora blanca, en muchos poblados jamás habían visto un blanco); entendí que sé más de medicina de lo que pensaba; pero sobre todo comprendí que por muchas diferencias raciales, culturales, sociales y religiosas que nos separen, hay algo mucho más fuerte que nos une y hace que disfrutemos los unos de los otros: nuestra condición humana. Es evidente que está de más que lo diga, pero es una experiencia que recomiendo a todo el mundo. No puedo decir que de la noche a la mañana haya cambiado mi vida al volver a casa, pero sí estoy convencida de que el aprendizaje de haber vivido una experiencia así ha hecho que cambien aspectos en mi persona y la forma en la que tengo ahora de enfrentarme a lo desconocido.

De verdad que ahora miro atrás y no entiendo la cantidad de miedos infundados y recelos que tenía para vivir esta experiencia. ¡Qué equivocada estaba! Allí me sentí como en casa desde el minuto uno, desde que me invadió una felicidad inexplicable al sobrevolar Kombo mientras aterrizaba el avión, porque por fin iba a cumplir mi sueño, pisar el continente africano.

Y como una imagen vale más que mil palabras…

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